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Desde la libertad y el amor La Civilización del Amor se nos presenta como un proyecto capaz de generar los entusiasmos que requiere el cambio, de despertar la fibra poética de nuestros pueblos en un impulso generoso que reemplace una historia trunca, y por trunca llena de falaz ilusión, que la rescate de la irrealidad de un horizontalismo superficial, y necesariamente siempre frustrante, a la vigorosa y profunda realidad de una historia en que encuentre acogida y protagonismo lo humano total. El horizonte que nos abre el amor es la respuesta a la búsqueda del hombre desde su mismidad, al sentido de construcción al que aspira a responder incluso cuando yerra el camino, a la búsqueda de bien y felicidad a los que aspira incluso cuando equivoca los fines a los que se dirige. Obviamente no se habla de cualquier falsificación del amor, sino del amor auténtico derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Del amor que es garantía de la veracidad de nuestra liberación. Llamados a la libertad, como dice San Pablo, el amor hará que la vivamos en su fecundidad creadora, en su dimensión solidaria con los hermanos. Me gustaría, aunque por las circunstancias no se puede, detenerme a considerar extensamente los hermosos pasajes de la Epístola de la liberación cristiana que San Pablo dirigiera a los Gálatas. En ellos se nos ofrece todo un horizonte lleno de savia evangélica para entender, discernir, acoger y vivir la libertad de los hijos de Dios. Ante la conciencia de la cuádruple ruptura que hiere la cultura del hombre no cabe sino la convicción de que sólo el amor reconcilia. Cuando hablamos de cultura de vida, de liberación transida de reconciliación, no podemos dejar ni por un instante de reconocer el centro de nuestras reflexiones y de nuestra vida misma en el amor. En un hermoso mensaje en que el Papa Juan Pablo II mencionaba algunas realidades dolorosas, justamente de la "cultura de muerte", que son síntomas de envejecimiento cuando un joven las asume, como la seducción de doctrinas e ideologías que predican el odio y la violencia, el irrespeto y destrucción de la libertad, el dejarse engañar por el principio de que "el fin justifica los medios", cuando se cree que la única esperanza para promover el cambio es promover el conflicto entre grupos sociales en holocausto de "la utopía de la sociedad sin clases, que se revela muy pronto como creadora de nuevas clases", confesaba ante ese panorama el Santo Padre: "Me convencí de que sólo el amor aproxima lo que es diferente y realiza la unión en la diversidad. Las palabras de Cristo: "Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado", me parecían entonces... como germen y principio de la única transformación lo suficientemente radical como para ser apreciada por un joven. Germen y principio de la única revolución que no traiciona al hombre. Sólo el amor verdadero construye..., sólo el amor acerca, sólo el amor logra la unión de los hombres". La Civilización del Amor plasma el ideal de que el amor de Jesús es la energía reconciliadora por excelencia. No puede ser otro el ideal unificador de la gesta de la Nueva Evangelización a la que estamos invitados todos. La opción por el cambio es la opción fundamental por el amor." El desafío: ante una cultura de muerte, una cultura de vida, de libertad, de amor.
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